Una mesa, un mantel y una taza de té fría con endulzante eran los testigos que había concertado para mi reflexión vespertina. Sentía que por fin hoy había sido un día distinto, por fin la muerte no me asustaba y estaba dispuesta, si me lo pedía, a jugarle una partida de ajedrez y quién sabe... A voltearle la mano. "No sería difícil" Me decía. No sería más difícil que pensar en ese hombre que se disfrazaba de mi propia perdición todas las noches cuando conversábamos hasta el alba y el diálogo entonces se volvía fugaz.
Tic tac tic tac tic tac tic tac. Y el tiempo no borra lo que siento. Soy aún muy susceptible a determinados inputs del medio ambiente que me hacen rememorar su presencia trasnochada. Ciertamente, crucé un umbral, olvidé por qué tenía pena y me acostumbré al inconfundible olor a desesperanza e insatisfacción. Mi conciencia trató en vano de reprimir los pensamientos de aquel domador de lobas, hasta el punto en que cada vez que se presentaban fuertemente ante mí, aparecía un nudo en mi garganta que apretaba como cuando hacíamos el amor. Aquel nudo que me quitaba el preciado aire para poder sobrevivir entre pena y pena.
Sin mayor aviso, aquella noche tocó alguien a mi puerta y supe bien de quién se trataba. Era un viejo amigo que no veía desde hace un par de años, desde cuando nos peleamos. Parado ante mí estaba nuevamente, tan dispuesto como siempre, como un objeto a mi servicio o como una suerte de propiedad mía. Él sabía bien lo que yo sentía y me hacía ver que estaría para mí cuando lo necesitara y yo… Yo ya me estaba quedando sin aliento una vez más. Lo miré fijamente, con algo de miedo y timidez, pero él ni se inmutó, me observaba con perfecto descaro. Me acerqué atrevidamente y comencé a tocarlo con mis manos, palpándolo lentamente. Al ver su rostro, vi cómo sonreía sin dejar de decirme que tuviera cuidado con él, porque podía bien cortarme. No pude evitar soltar una gran carcajada. Con rostro de cándida coquetería, lo apreté fuertemente con mis dedos y le indiqué dónde debía entrar. Al acercarse aún más a mí, vi que su desnudez brillaba hasta enceguecerme con ese cuerpo simétrico y de doble filo. Yo ya estaba entregada, no le di cabida a la duda, mis manos no lo soltarían y sin pudor, lo apreté con mayor fuerza y vino ese intenso dolor. Un dolor que ardía y me llenaba de energía. Sí... Por fin sentía que había vuelto a la vida. Una gama de colores era percibida por mis sentidos casi agotados, la chispa enrojecida no demoró en salir y mi ardor interior se había multiplicado varias veces.
Hacia el fin, solos, los dos en un rincón sentados, me di cuenta de que el control estaba en mis manos y él obedecería todo lo que yo deseara. Sentía un peculiar calor en mis brazos y el dolor que éste me producía, evitó cualquier intento de un abrazo por mi parte: "Te usé nuevamente y no siento culpa alguna" Es lo que pensé. Sin miramientos, le pedí que se vistiera y se marchara. Nadie podía verlo y mucho menos, sorprendernos en tamaña cosa. Antes de despedirnos, le prometí que muy pronto volveríamos a vernos y él como siempre, me miró como pérdido e inanimado. Bien supe entonces que volvería a cortarme.
Tic tac tic tac tic tac tic tac. Y el tiempo no borra lo que siento. Soy aún muy susceptible a determinados inputs del medio ambiente que me hacen rememorar su presencia trasnochada. Ciertamente, crucé un umbral, olvidé por qué tenía pena y me acostumbré al inconfundible olor a desesperanza e insatisfacción. Mi conciencia trató en vano de reprimir los pensamientos de aquel domador de lobas, hasta el punto en que cada vez que se presentaban fuertemente ante mí, aparecía un nudo en mi garganta que apretaba como cuando hacíamos el amor. Aquel nudo que me quitaba el preciado aire para poder sobrevivir entre pena y pena.
Sin mayor aviso, aquella noche tocó alguien a mi puerta y supe bien de quién se trataba. Era un viejo amigo que no veía desde hace un par de años, desde cuando nos peleamos. Parado ante mí estaba nuevamente, tan dispuesto como siempre, como un objeto a mi servicio o como una suerte de propiedad mía. Él sabía bien lo que yo sentía y me hacía ver que estaría para mí cuando lo necesitara y yo… Yo ya me estaba quedando sin aliento una vez más. Lo miré fijamente, con algo de miedo y timidez, pero él ni se inmutó, me observaba con perfecto descaro. Me acerqué atrevidamente y comencé a tocarlo con mis manos, palpándolo lentamente. Al ver su rostro, vi cómo sonreía sin dejar de decirme que tuviera cuidado con él, porque podía bien cortarme. No pude evitar soltar una gran carcajada. Con rostro de cándida coquetería, lo apreté fuertemente con mis dedos y le indiqué dónde debía entrar. Al acercarse aún más a mí, vi que su desnudez brillaba hasta enceguecerme con ese cuerpo simétrico y de doble filo. Yo ya estaba entregada, no le di cabida a la duda, mis manos no lo soltarían y sin pudor, lo apreté con mayor fuerza y vino ese intenso dolor. Un dolor que ardía y me llenaba de energía. Sí... Por fin sentía que había vuelto a la vida. Una gama de colores era percibida por mis sentidos casi agotados, la chispa enrojecida no demoró en salir y mi ardor interior se había multiplicado varias veces.
Hacia el fin, solos, los dos en un rincón sentados, me di cuenta de que el control estaba en mis manos y él obedecería todo lo que yo deseara. Sentía un peculiar calor en mis brazos y el dolor que éste me producía, evitó cualquier intento de un abrazo por mi parte: "Te usé nuevamente y no siento culpa alguna" Es lo que pensé. Sin miramientos, le pedí que se vistiera y se marchara. Nadie podía verlo y mucho menos, sorprendernos en tamaña cosa. Antes de despedirnos, le prometí que muy pronto volveríamos a vernos y él como siempre, me miró como pérdido e inanimado. Bien supe entonces que volvería a cortarme.
Hojilla por Abril Gustafsson se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
