Monday, June 7, 2010

Hojilla




           Era inútil intentar que desapareciera, un nudo en mi garganta que hacía tránsito a todo lo que intentaba comer apretaba con mayor fuerza mientras tragaba. Aún así no dejé de hacerlo, incluso cuando no me supiera a nada. Pensaba en la idea de la longevidad y de continuar alimentando este cuerpo para que se mantuviera en marcha, aunque mi mente no respondiera a ese hecho.
Una mesa, un mantel y una taza de té fría con endulzante eran los testigos que había concertado para mi reflexión vespertina. Sentía que por fin hoy había sido un día distinto, por fin la muerte no me asustaba y estaba dispuesta, si me lo pedía, a jugarle una partida de ajedrez y quién sabe... A voltearle la mano. "No sería difícil" Me decía. No sería más difícil que pensar en ese hombre que se disfrazaba de mi propia perdición todas las noches cuando conversábamos hasta el alba y el diálogo entonces se volvía fugaz. 
Tic tac tic tac tic tac tic tac. Y el tiempo no borra lo que siento. Soy aún muy susceptible a determinados inputs del medio ambiente que me hacen rememorar su presencia trasnochada. Ciertamente, crucé un umbral, olvidé por qué tenía pena y me acostumbré al inconfundible olor a desesperanza e insatisfacción. Mi conciencia trató en vano de reprimir los pensamientos de aquel domador de lobas, hasta el punto en que cada vez que se presentaban fuertemente ante mí, aparecía un nudo en mi garganta que apretaba como cuando hacíamos el amor. Aquel nudo que me quitaba el preciado aire para poder sobrevivir entre pena y pena. 
Sin mayor aviso, aquella noche tocó alguien a mi puerta y supe bien de quién se trataba. Era un viejo amigo que no veía desde hace un par de años, desde cuando nos peleamos. Parado ante mí estaba nuevamente, tan dispuesto como siempre, como un objeto a mi servicio o como una suerte de propiedad mía. Él sabía bien lo que yo sentía y me hacía ver que estaría para mí cuando lo necesitara y yo… Yo ya me estaba quedando sin aliento una vez más. Lo miré fijamente, con algo de miedo y timidez, pero él ni se inmutó, me observaba con perfecto descaro. Me acerqué atrevidamente y comencé a tocarlo con mis manos, palpándolo lentamente. Al ver su rostro, vi cómo sonreía sin dejar de decirme que tuviera cuidado con él, porque podía bien cortarme. No pude evitar soltar una gran carcajada. Con rostro de cándida coquetería, lo apreté fuertemente con mis dedos y le indiqué dónde debía entrar. Al acercarse aún más a mí, vi que su desnudez brillaba hasta enceguecerme con ese cuerpo simétrico y de doble filo. Yo ya estaba entregada, no le di cabida a la duda, mis manos no lo soltarían y sin pudor, lo apreté con mayor fuerza y vino ese intenso dolor. Un dolor que ardía y me llenaba de energía. Sí... Por fin sentía que había vuelto a la vida. Una gama de colores era percibida por mis sentidos casi agotados, la chispa enrojecida no demoró en salir y mi ardor interior se había multiplicado varias veces.   
Hacia el fin, solos, los dos en un rincón sentados, me di cuenta de que el control estaba en mis manos y él obedecería todo lo que yo deseara. Sentía un peculiar calor en mis brazos y el dolor que éste me producía, evitó cualquier intento de un abrazo por mi parte: "Te usé nuevamente y no siento culpa alguna" Es lo que pensé. Sin miramientos, le pedí que se vistiera y se marchara. Nadie podía verlo y mucho menos, sorprendernos en tamaña cosa. Antes de despedirnos, le prometí que muy pronto volveríamos a vernos y él como siempre, me miró como pérdido e inanimado. Bien supe entonces que volvería a cortarme.

Licencia Creative Commons
Hojilla por Abril Gustafsson se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

En el bus




         Luces y sombras abigarradas por la velocidad y la tenacidad de los rascacielos, tonalidades que se turnan entre la monotonía de las hormigas ambulantes y la ahogante esencia del smog metropolitano. Por algunos segundos en mi mente llevo la imagen de una turba que se dirige hacia los rincones de este apartado mundillo, me hacen recordar las húmedas palabras de Humbert, apestosas de olor a nostalgia y de faltas de ortografía impropias para su edad. ¡Despierta!. Abrí los ojos estrepitosamente, volví a encontrarme en ese andante mirador. No entendía por qué seguíamos parados en el mismo lugar. El tráfico se había vuelto un fiasco, la sinfonía de sirenas había comenzado y una que otra hormiga se agarraba desesperada las antenas. La conciencia volvió a reprenderme por el lugar que Humbert aún ostentaba en algún confín de mi hoy frágil memoria.
Un viento entrometido soplaba por la ventaba a mi lado y obstruía mi respiración. La velocidad hizo desaparecer el cuerpo de las hormigas y ahora eran no más que una mancha oscura. Los pensamientos humbertianos volvieron a mí, ya no revestidos del jazz de antes, sino de la melancólica tonada de la voz de Marianne Faithfull. Placer y dolor vuelven a unirse en esa mezcla única para mis sentidos. Esta vez no tengo cargos de conciencia, soy como una drogodependiente, que está dispuesta a todo por beberse o tragarse hasta el último sufijo de sus versos que hasta el día de ayer me había propuesto. ¡Ingenua! Estaba tan desorientada, el bus ardía por todas las hormigas colgadas en las ventanas, en las escaleras, en los asientos y a mi lado, y aún así, sentía que estaba sola en aquel detestable lugar. La conciencia me habló de nuevo. Ahora sé que no lo merezco, pero tampoco él me merecía. Sin embargo, aquella no vaga necesidad de estar junto a él, de la manera que fuera, era más fuerte que toda la lógica, que toda la mesura existente.
El otro día le confesé a mi conciencia que él y yo éramos dos seres iguales y opuestos a la vez. Quizás amantes tratando de pisotearse, sin remordimientos, sólo por el placer de ver dominar el uno al otro, dándole eso que quiere, pero que no puede pedir. Me sentí tan imbécil, mi conciencia ya lo sabía tan bien. Me dijo que mientras él se moría cada noche en un bar con alguna mujercita, olvidándose de su condición de pseudo intelectual y de poeta maldito, yo brindaba en mi casa sola con melancólicos pensamientos y consignas en su nombre. La sensación de ese cuerpo femenino de turno en sus manos, entregado y dominado, le libera como yo me libero con mis juegos de hojilla. Parece que la sangre me pide más oxígeno, y sé perfectamente que toda la mierda que haga y cualquier otra a la que me dedique, no borrará de ninguna manera tu macho ego que pretendía sofocar a la hembra insultante que soy. Después de todo, creo que pasamos la vida emborrachándonos con las penas y seguimos siendo los mismos fracasados melancólicos que tratarán de mutilar sus trancas con las sobras de los demás. Conscientes o no, pecamos de ello.

Licencia Creative Commons
En el bus por Abril Gustafsson se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.